La publicidad ---es decir, los espacios pagos en los medios---
es una de las manifestaciones a través de las cuales
se comunican los políticos.
Otra son los actos, los discursos, los reportajes, la prensa
en general, etc.
Y mucho se discute sobre el rol específico que la comunicación
publicitaria puede ocupar en una contienda electoral.
Y, aunque casi todos reconocen el poder crucial de la prensa
(medios y periodistas) en la agenda política, pocas
veces se considera que este poder puede ser controlado, contrarrestado,
equilibrado o reforzado con el poder decisivo de los espacios
de publicidad.
Es en los espacios publicitarios donde los políticos
pueden hablar directamente con los votantes, sin el filtro
de los editores de los medios ni de los periodistas.
Y lo cierto es que los ciudadanos valoran la información
que ofrece la comunicación publicitaria, ya que, ante
la desconfianza generalizada, la difusión publicitaria
sirve de control de la periodística y viceversa.
A favor y en contra, en el caso de la publicidad, no se puede
echar la culpa a terceros de los aciertos u errores cometidos,
porque los avisos y comerciales son planificados y exhibidos
exactamente como uno lo dispusiera.
En un reportaje uno podrá escudarse en que “el
periodista sacó la frase del contexto” o en que
“la aparición de un grupo de provocadores imposibilitó
hacer un buen discurso.”
Los profesionales de la comunicación analizamos, con
nuestra deformada vara de medición, la capacidad de
un potencial Presidente también por su habilidad para
comunicar.
No es posible exigir, por supuesto, que los candidatos sepan
redactar los avisos, como tampoco se les exige que ellos sepan
curar a los pacientes en los hospitales públicos ni
diseñar la curricula escolar.
Sin embargo, se espera de ellos que hagan que las cosas sucedan
en forma correcta.
En el tema que nos atañe, que comuniquen en forma profesional.
Es extraño, y no se explica por qué, cualquier
caramelo, lubricante o empresa de telefonía dedica
tanta energía y profesionalidad a condensar mensajes
muy precisos en segundos o en espacios gráficos acotados.
Entretanto, el futuro Presidente de la Argentina, invirtiendo
a veces mucho más dinero que esos productos o servicios,
lanza piezas amateurs o acude a profesionales sin la perentoria
exigencia de disponer de estrategia y planificación
estudiadas.
Esta semana ya se han delineado las campañas publicitarias
de la mayoría de los candidatos.
El primer afiche de Carlos Menem contuvo –solamente--
las letras MR, Marca Registrada; como es obvio, las iniciales
de los apellidos de la fórmula Menem/Romero.
Un simple juego de palabras.
No tiene mensaje. No tiene idea. No tiene concepto. No agrega
ningún razonamiento ni pretende convencer con la emoción
ni con la razón.
Lo único que hace es presencia de marca. Es la comunicación
de quien siente que no necesita hacer esfuerzo alguno para
persuadir, convencer, ni promover idea alguna.
Es la convicción de que el nombre es lo suficientemente
atractivo como para ser votado. En su comunicación
publicitaria, ni siquiera Coca Cola, Nike o Marlboro son tan
soberbios.
El segundo afiche ---“Menem sabe qué hacer y
puede hacerlo”--- es parecido a Síganme. No dice
qué, ni adónde, ni para qué, ni con quién,
ni para quiénes.
Ricardo López Murphy ha tenido, sin dudas, un gran
acierto en el uso del humor en su campaña. Pero ha
quedado en una tímida intención de transformar
su debilidad en una fortaleza.
Luego de haber acertado a través del humor (con la
cara de bulldog en la que en alguna pieza apelaba a “la
verdad a cara de perro”), desaprovecha su propio hallazgo
en un lanzamiento de afiches. Todos ellos muy cuidados en
la estética y con una apelación –también-
irónica referida a las Leyes de Murphy, pero fríos,
racionales, lejanos. En este caso, como si quisieran fortalecer
la debilidad del candidato (frío, racional y distante).
En la campaña de Néstor Kirchner hubo un primer
afiche con una cara grande del candidato y el slogan Un país
en serio.
Aquí la pregunta por hacerse es por qué se habrá
elegido exhibir, en forma tan destacada, una cara con no demasiados
atributos estéticos, cuando existe un elemento por
hacer distintivo: la K. Tener una K en un apellido es un diferencial
en sí mismo para un argentino. Todo depende de qué
se la connote.
Pero…la taparon con el mapa de la Argentina. Por lo
cual termina quedando confusa la K y confusa y débil
la Argentina.
El slogan podría ser firmado por cualquier candidato.
¿O hay alguien que pueda no coincidir en que la Argentina
debe ser un país serio?
Esta serie de afiches remata con otro que sostenía
que Kirchner “sabe cómo hacerlo”, como
si la declamación sobre sí mismo sirviese para
convencer a alguien de una habilidad.
Está claro que los candidatos no siempre otorgan a
la publicidad, en la que invierten millones de pesos, el reconocimiento
profesional, el respeto y la dedicación que tanto podrían
mejorar su performance.
Una publicidad que responda a una clara estrategia, a un planeamiento
inteligente y profesional, con piezas estéticamente
coherentes, conceptualmente simples, que transmita el verdadero
diferencial, puede evidenciar por sí misma la (in)
capacidad de un líder político. Puede generar
empatía. Puede simplificarle la vida al elector.
La comunicación puede ser, en sí misma, un
hecho comunicable.
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