El sentido femenino del Poder
Por Doris Capurro
Publicitaria y Socióloga
Consultora en Comunicación

Recientemente hubo dos noticias sobre mujeres de gran impacto: Las ocho ministras del flamante gobierno socialista español posando en la portada de la revista Vogue y la lista de las 100 mujeres más poderosas del mundo elaborada por primera vez por la revista norteamericana Forbes.
Aunque en crecimiento sostenido, las mujeres están sub-representadas en los espacios decisorios de relevancia.

En nuestro país, no hay una sola mujer gobernadora, hay una sola ministra y menos del 10% de los gobiernos locales están ocupados por mujeres. Más allá de los números, en el paisaje vernáculo de la política femenina, lo que se dice “mujeres líderes” las hay pocas, pero se hacen notar (Cristina Kirchner, Hilda Chiche Duhalde y Elisa Lilita Carrió).

El caudal de literatura sobre temas de género y política es inmenso y complejo, aunque hay ciertos patrones comunes. Según Pippa Norris, de la Universidad de Harvard, se pueden distinguir dos posturas. La primera intenta identificar por qué son pocas las mujeres elegidas, y la importancia que tienen barreras como el sistema electoral, los sistemas de reclutamiento, y los recursos y motivaciones que tienen para luchar por espacios de poder político.

La segunda corriente intenta responder si, una vez elegidas, las mujeres pueden hacer alguna diferencia. Y plantea que la presencia femenina en la política ofrece la posibilidad de que las mujeres no actúen solamente “como mujeres” sino “para las mujeres”. Según Norris, “este argumento asume que, debido a su particular experiencia de vida en el hogar, en los lugares de trabajo y en la vida pública, las mujeres políticas priorizan y expresan diferentes valores, actitudes y prioridades, (...) o se desempeñan con un estilo político menos conflictivo y más colaborador”.
Por otra parte, la sensibilidad femenina no es un cuento e influye en su liderazgo: Algunos estudios sugieren que las mujeres tienen mayores habilidades para interactuar con los otros y para captar mejor los intereses que hay detrás de sus interlocutores. Las mujeres son más personales.

Cuando una mujer llega a los altos estrados del poder no debería dejar de “ser mujer”, en el sentido más femenino y menos feminista del término. El desafío para ellas es combinar gestión política con su esencia femenina. Evitar, la masculinización de su papel (caso Margaret Thatcher). Las mujeres deben privilegiar su componente de género dado que éste contiene un potencial creativo y una fuerza intelectual y emocional diferencial, de muy fuerte appeal para la ciudadanía.